El Patrón de pesca de lo Invisible

Pescador de Águilas

Un viejo pescador miraba al horizonte en el puerto. A sus espaldas, sus barcos: los que tuvo, los que vendió, los que se hundieron, los que trabajó; descansaban con nombres ajenos: El Sierra Espadán, Cap. Prin….. Nombres heredados, nombres impuestos por la burocracia o el destino, que él aceptó con la resignación de quien sabe que el mar no entiende de bautizos.

Pero en su mente, siempre hubo otro.

-¿Sabes?, decía, si alguna vez logro mandar a construir mi propio barco, uno que sea solo mío y como yo quiero, le pondría el nombre que me ronda en la cabeza y  en el pecho desde siempre.

Ese nombre  no era el de una mujer, ni el de una virgen, ni el de una patria. Era una exclamación: «Dios Mío».

Aquel hombre era una paradoja con manos callosas. Si le preguntabas por la iglesia, torcía el gesto y hablaba de la hipocresía de los hombres de tierra firme. «Yo no creo en lo que no veo», decía con una firmeza que parecía inamovible. Sin embargo, cada madrugada, antes de zarpar, sus dedos trazaban una cruz rápida y nerviosa sobre su frente y otra sobre su pecho.

Sabía que, cada vez que perdía el Castillo de vista, él dejaba de ser el dueño de su suerte. Santiguarse no era rezar; era pedir permiso.

-Imagínate, decía con los ojos brillantes, perdiéndose en el horizonte, que los que están en el puerto vean asomar la proa por la bocana del muelle. Que miren el casco blanco cortando el agua y que, al leer el nombre, digan: «¡Por ahí viene el Dios Mío!».

Le gustaba la idea de que su llegada fuera, al mismo tiempo, un alivio y una plegaria. Se emocionaba al repetir mirando a lo lejos : «¡Por ahí viene el Dios Mío!».  

Nunca llegó a pintar esas letras en un casco real,  quizás porque sabía que el «Dios Mío» no era el nombre de un  barco para la traiña, sino el nombre de su propios presagios.